La costumbre de escribir entre las sabanas

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La costumbre de escribir entre las sabanas

La costumbre de escribir entre las sabanas. Muchísimas personas aún poseen la costumbre de leer en sus camas, pero si se les ocurriera escribir, eso se les convertiría en algo más complicado, tal vez menos practico, a pesar de que muchos de los autores famosos llevaran a cabo sus obras de dicha manera.

Resulta ser, que ellos prefirieron profundizar en sus creaciones durante una posición yacente. Por ejemplo, así lo hizo Juan Carlos Onetti, el escritor uruguayo, quien formó parte del grupo de su misma profesión, el cual llevó lejos esta tendencia de crear historias entre las sabanas mientras se encontraba tumbado de forma horizontal.

Se dice, que antes de morir, casi no se levantaba de su cama; solo se quedaba fumando, leyendo o escribiendo mientras bebía un vaso de Whisky. Incluso, su esposa, Dolly Muhr, lo ayudaba a transcribir lo que él le dictara hasta de altas horas de noche. Lo que hacía era pasar al papel las ideas que se le venían al autor a la cabeza.

Solía utilizar de apoyo su codo diestro

Así mismo, también se comenta por allí que, para acatar sus escritos, solía utilizar de apoyo su codo diestro, el cual sufrió con los años una deformación en ese lugar. Algunos, además de lo ya comentado, aseguran que tenía como una especie de santuario con fotos de Gardel y Faulkner, aparte de una frase que decía: “se nace cansado y se vive para descansar”

Sin embargo, los que fueron muy allegados a él, no coinciden en todo lo que dicta la leyenda sobre cómo trabajaba; lo toman como una exageración de parte de gente que no lo conoció de cerca. Lo que decía el autor es que, todo lo que importa en el transcurso de la vida es lo que pasa sobre un lecho, pero su esposa le quitaba el significado de literatura a la manera de proceder de su esposo, es decir, su apego por las sabanas, así que lo relacionaba a la simple pereza.

La nostalgia del retiro materno

Sin llegar a ambos extremos del autor, en los escritores hispanos ya estaba presente el hábito, por ejemplo, en Unamuno y en Valle-Inclán, que no tenían ansias de levantarse a atender a sus invitados y menos de dejarse realizar un retrato desde sus camas.

En el caso de Valle, él solía levantarse a las nueve y desayunar, pero rápidamente apenas terminaba iba a acostarse hasta el siguiente turno de la comida y así sucesivamente durante el resto del día; se paraba únicamente para comer o llevar a cabo otras necesidades fisiológicas.

Esas horas que pasaba acostado, las aprovechaba para hacer sus creaciones junto a un tablero apoyado en las rodillas y durante muchas ocasiones, hasta era ayudado también por su esposa, Josefina Blanco, quien pasaba a limpio los garabatos que dejaba su esposo.

Por otro lado, Unamuno, se diseñó un atril doble que le servía simultáneamente para escribir y leer mientras permanecía acostado, a lo cual se refirió personalmente en uno de sus escritos como: “añoranza del limbo del claustro maternal

Buscando el teatrófono extraviado

La definición de Unamuno, quedó como un guante a lo que sucedía en la habitación de Marcel Proust; tenía las ventanas veladas de celosías y las paredes forradas con corcho, para cumplir con un total aislamiento.

Este escritor de origen francés, era propenso al encierro, pero a decir verdad de manera enfermiza y obsesiva. De esta manera escribía, en posición de reclinamiento, suspendido a la mitad de la cama y siempre a la vigilia, mientras apoyaba el papel en las rodillas.

Tanto la noche como el día, no formaban para él gran importancia, porque para escribir no tenían que ver o no interferían con su capacidad de creatividad, a pesar de que solía oír conciertos u operas a través del teatrófono.

Gracias al testimonio de su secretaria y a la vez sirvienta, Celeste Albaret, se pudo corroborar que jamás en ninguna ocasión lo vio escribir sentado o de pie.

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